tranquilo viejo

Cómo nunca llegar a la verdad discutiendo.

Demasiadas veces he visto como gente inteligente que se precia de ser racional entra a una discusión como se entra a una competencia de box. Con todo que sus argumentos se lean pensados y elaborados, la contundencia con la que los dicen y sobre todo la forma de decirlos me hacen pensar que debajo hay una intención, no de llegar a la verdad ni mucho menos de entender al otro, sino de esquivar los lances del adversario, tirar el golpe más fuerte y tratar de ganar por knockout.

Es obvio que no soy fan de las discusiones, creo que en la práctica se desvían de su propósito y convierten en una competencia de a ver quién es el mejor, y poquísimas veces logran su cometido de chocar puntos de vista distintos, no para que el otro sepa que el mío está bien y el suyo mal, sino para exponer sus diferencias, identificar sus sesgos y verdaderamente considerar lo que trae el otro. Llegar a una verdad más sólida.

Hay tres cosas que me gustaría que consideraran sobre la forma de abordar las discusiones.


1. El ego

Esta es la principal razón por la que no me meto en discusiones. Cuando decidí dedicarle mi vida a la filosofía creí que el compromiso de la profesión era llegar a la verdad. El Sócrates de Platón encarna esta idea: él no sabía nada, sólo iba por la vida preguntando. En los Diálogos algunas de las personas a las que Sócrates preguntaba presumían de saber y cuándo se veían acorralados por las dudas de Sócrates se enojaban, les calaba el ego, respondían contradictoriamente con tal de quedar bien o hasta abandonaban la conversación. Ésta fue para mí la lección capital de Platón, y la que pensé que sería el espíritu que dirigiría la empresa filosófica: No andar faroleando, y que la búsqueda de ‘la verdad’ estuviera por encima de cualquier otra cosa, especialmente del ego.

2. El género

Últimamente me pregunto si la actitud pugilística no será cuestión de género. Lamentablemente la carrera de filosofía está fuertemente dominada por hombres, y no soy la única que piensa que hay algo en el carácter de los hombres que está relacionado con cómo dominan las discusiones. Cito: “Históricamente el campo [de la filosofía] se centra en la argumentación de las ideas — o decirle a los demás por qué están mal. Una perspectiva sería que la forma en la que las mujeres socializan es tal que ponerse en esa situación es muy incómodo para ellas. Los hombres socializan más agresivamente y están más cómodos tanto poniéndose de pie en el salón y diciendo, ‘No, estás mal’ como estando del otro lado de la ecuación.”

Dejando de lado que no pienso que el campo se centre en la argumentación, sino en la ‘búsqueda’ de la verdad a través de la argumentación, sí pienso que el hecho de que los hombres tomen la palabra de tal manera y las mujeres dejemos de hacerlo es nocivo para todos.

Una vez platiqué de esto con Coral Aguirre quien, entre otras cosas, hace perfiles de mujeres olvidadas por la historia, y ambas concluímos que lo mejor sería aprender a alzar la voz. Pero si está inscrito en la cultura resulta difícil hacerlo ¿Y cómo romper con lo que creo son razones justas de civilidad?: no interrumpir, escuchar al otro, darle el beneficio de la duda. Pensé que podría haber otras maneras, que si las mujeres teníamos nuestras formas de aproximarnos a los conflictos podríamos contrarrestar el desbalance de esta misma forma.

Por esas fechas me topé con un reportaje de la Grace Hopper conference, una conferencia de varios días dedicada a la presencia de las mujeres en la industria de la tecnología. La tecnología y las ciencias en general también sufren de una disparidad de género.

En un panel de la conferencia llamado “Aliados Masculinos” se invitó a hombres de la industria a traer mensajes sobre la igualdad de género, que como era de esperarse, resultaron en mansplaining.
Un grupo de mujeres que se llama “La Unión de Feministas Preocupadas” se adelantó a la situación y repartió ‘tarjetas de bingo’ con frases comunes de sordera de género “estamos en esto juntos”, “le dije a una mujer y estuvo de acuerdo conmigo”, que las asistentes podían marcar cada que los panelistas usaran esa frase. En algún punto gritaron Bingo. Y se usó el hashtag #ghcmanwatch para transmitir porque la conferencia no se transmitió ni admitió sesión de preguntas. La cosa es que estas acciones tuvieron un resultado y hubo un reverse male allies panel, donde los panelistas se sentaron a escuchar preguntas y comentarios de las asistentes de cómo podían hacer sus compañías más justas.

El caso es que las tarjetas de bingo y los hashtags, son acciones con las que podemos jugar el juego y conseguir respuesta, pero también son acciones que funcionan en grupo y sólo en ciertas situaciones. Para la mayoría de las situaciones no queda de otra más que aprender a alzar la voz. Tanto por lo que creemos que debería ser un mejor entorno como por las cosas que tenemos que decir en particular. Porque si como yo, o como muchas, dejamos de hablar porque no nos gusta discutir, por estar esperando a que nos tiendan la mano y nos cedan nuestro lugar, estamos dejando que la conversación sea dominada por otras voces que no son las nuestras.

 

3. La epistemología

Ya he dicho que no me gusta discutir, pero más allá de los problemas de género creo que hay un problema con este formato, y sus derivados como el debate, y ese problema es que presuponen una confrontación. Es decir que uno debe defender su postura porque la postura y si la vamos a defender es porque implícitamente creemos que uno tiene está bien y la del otro está mal. Pero yo como filósofa siempre sospecho de este principio maniqueísta.

Epistemológicamente al nombrar las cosas dejamos siempre de lado alguno de sus aspectos para resaltar otros. Así cuando yo decido tomar postura frente a una situación, decido priorizar algunos de sus aspectos sobre otros, y al asumir que el otro está mal y yo estoy bien, estoy escogiendo no ver las razones por las cuáles el otro decidió priorizar otros aspectos por sobre los que yo prioricé.

Las posturas son unidades que funcionan holísticamente. Si yo decido estar a favor del aborto lo hago bajo una serie de premisas que se cohesionan a través de principios rectores. Las premisas serían cosas como “el feto no es persona” o “la decisión de la mujer está primero” y los principios serían sobre las ideas que tenemos de la vida y la libertad. Quien piense diferente de nosotros no es porque esté a favor del homicidio o en contra de la libertad de las mujeres, sino que ha escogido mirar el problema de una perspectiva distinta que requiere darle importancia a unas cosas sobre otras y para realmente entender lo que quiere decir tendríamos que renunciar a nuestra perspectiva para entender la suya.

Para ilustrar lo que quiero decir, voy a usar el ejemplo gestaltiano del pato y el conejo. Dos personas ven el mismo objeto pero al describirlo desde su perspectiva ven o un pato, o un conejo. Para poder ver al pato, tengo que dejar de ver al conejo y viceversa.

Así al entrar a una discusión con la idea de que yo estoy bien y mi objetivo es tratar de convencer al otro de que está mal, estoy dejando de lado la posibilidad de ver lo que con mi perspectiva no estoy viendo y estoy convirtiendo el diálogo en una especie de competencia sorda. Epistemológicamente estoy condenado al monólogo.

Bueno, ya oyeron la queja ¿y entonces? 

Si se tiene esto en cuenta nos podemos aproximar a la discusión de manera distinta. Dada nuestra propensión al ego, tener en cuenta siempre que cuando entramos a una situación de discusión, el objetivo no es ganar y sobre todo que no hay ninguna vergüenza en admitir que estábamos equivocados o que el otro dijo algo que desconocíamos o no habíamos considerado.

Si se tienen algunas de las actitudes de las que hablé en la parte del género, independientemente de si se es hombre o mujer, pero especialmente cuando se es hombre o mujer y se tienen las actitudes correspondientes hay que pensar en contrarrestar la situación apropiadamente; siendo mujer, levantando la voz, aunque resulte incómodo y pensando en otras estrategias. Siendo hombre, recordar que al interrumpir estamos cortando y despreciando lo que tiene qué decir. Tal vez si estoy en una posición privilegiada piense que no me conviene dejar esta posición pero en el gran esquema de las cosas nos conviene a todos tener una situación balanceada donde todas las voces se puedan escuchar. Si se está en una posición marginada, hay que pensar que cuando dejamos de levantar la voz también permitimos esa marginación.

Finalmente hay que dudar la postura propia simplemente porque “toda decisión implica una renuncia” y porque en la postura del otro podemos encontrar nuestros sesgos y nada más satisfactorio para el que busca la verdad que hacer esos sesgos conscientes, darles explicación y quizá también que nos hagan cambiar de opinión.

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